lunes, 9 de noviembre de 2015

Curando en guerra


La maleta de cuero marrón estaba encima de la cama en que dormía Dimitri Bourdon. El pollo al vino que su tía Madelaine preparaba (desde hace quince años, todos los viernes para la cena) tradición que heredó de su hermana y madre fallecida de Dimitri, invadía la sala y el comedor.

-Made, mañana en la tarde estaré en Bélgica atendiendo a los pacientes de guerra y cumpliendo mi gran objetivo después de haberme licenciado como médico. A mis veintiséis años será mi primer gran reto como profesional, solo espero que la no participación de mi Francia querida en el pacto nazi-soviético, el año pasado, mantenga quietas a las tropas de Hitler.

-Hijo –así le decía Madeleine a Dimitri incluso cuando la madre de él estaba viva-, desde que empezaste a estudiar medicina tu único propósito ha sido salvar vidas, estoy segura de que hasta darías tu vida por los demás, entonces no veo por qué no puedas cumplir tu objetivo.

-Esperemos que así sea, Made. Aprovecho para darte las gracias por pagarme la universidad en épocas de guerra, has gastado la mayoría de tus ahorros en mí, ya es tiempo de que dejes de invertir en los demás, a tus setenta y cinco años es más que justo que gastes tu dinero en lo que te plazca.
-Hijo, sabes que lo hice con todo el amor de madre, nunca tuve mis hijos y tú eres todo para mí. Tu madre siempre tuvo un lugar para mí en vuestra casa, darte el estudio es lo mínimo que puedo retribuirles. Me harás mucha falta mientras estés en Bélgica, aunque estoy feliz porque cumplirás tu sueño de salvar vidas.

Dimitri olió la copa de su armagnac antes de beber el primer sorbo, luego de la comida, mientras miraba la calle sin transeúntes y Madeleine recogía la mesa. Las manos del joven estaban heladas y en su estómago parecía que había un festón de grillos que no paraban de cantar. Esta sensación no le gustaba a Dimitri casi siempre la sentía cuando algo malo iba a ocurrir.
Dimitri se paró de la silla en la que reposaba y se fue al cuarto de baño de su habitación; entretanto, Madeleine repasaba una vez más, con la palma de sus manos, la tela acartonada de las camisas almidonadas de su sobrino. Las alineó perfectamente y cerró la maleta que estaba encima de la cama de Dimitri.

Nueve en punto de la noche, de un viernes de abril de 1940. Un estallido es lo último que recuerda Dimitri antes de despertar dentro de los escombros y a oscuras. Aturdido, una hora después de la explosión, se paró a trompicadas a buscar a Madelaine. Él recordó que en su bolsillo tenía una linterna pero su uso fue en vano, recorrió todo lo que quedó del apartamento y no la halló.

Descendió por las escaleras en ruinas del edificio, que había sido atacado hace poco por los nazis, y sintió la sangre que le corría por todos lados. Se detuvo unos minutos y tocó, desde la cabeza a los pies, cada una de las partes de su cuerpo revisando que las contusiones fueran menores. Cuando estuvo seguro de que tendría fuerzas suficientes para atender y tranquilizar a los heridos que escuchaba a lo lejos inició de nuevo su marcha. A tres metros de las escaleras escuchó que algo se movía; aceleró el paso lo que más pudo y corrió trozos de pared, ladrillos y varillas hasta que encontró al viejo André. Le indicó que no se moviera y con su camisa le hizo un torniquete en el brazo derecho. Lo volteó de lado como quien coge entre sus manos un terrón de azúcar y vio que el pedazo de madera que tenía en su trapecio  derecho había perforado el pulmón. Dimitri elevó su mirada al cielo, oró por unos segundos, le puso la mano a don André en la frente y le indicó que descansara.

Aún no había terminado de salir de la impresión cuando escuchó la voz de la pequeña Chantal llamando a su mamá, inmóvil y cubierta de escombros. Dimitri le pidió que se quedara quieta mientras quitaba todo lo que tenía encima de su cuerpo frágil. La niña solo tenía rasguños en sus extremidades y en su cara. Las heridas más hondas le quedarían en el corazón y se imprimirían segundos después de que Dimitri la rescató.

Él le pidió a Chantal que se quedara sentada en el lugar donde la había encontrado mientras buscaba a su mamá. No tardó mucho en hallarla sin vida. Dimitri se atragantó con un grito que estalló en lágrimas cuando vio la yugular de la madre de Chantal atravesada por una varilla de hierro. Solo pudo volver la vista hacia la niña e indicarle que permaneciera inmóvil.

Cuándo terminará este holocausto, pensaba Dimitri. Con dificultad se alejó del cuerpo inerte de la madre de Chantal y volvió a buscar a Madeleine. Chantal lo siguió sin que él se diera cuenta.
Dimitri, tres horas después de estar subiendo y bajando por las escalas destruidas del edificio, sintió la boca seca, las piernas débiles y los brazos pesados. Se sentó en un rincón y metió la cabeza entre sus rodillas.

-Dimitri, no te preocupes, mañana estarás en Bélgica –escuchó el joven mientras cerraba sus ojos.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Magia


En poco menos de treinta días las calles estarán adornadas con Viejos Noel y luces de colores,
y yo estoy sentada bajo a ceiba del jardín, en la que me he sentado los últimos diez años, los domingos, de tres a seis de la tarde.
En retrospectiva imágenes de tardes dominicales, de brazos y piernas enredadas, vienen a mi cabeza.
Un frío otoñal se instala en miss huesos y me vuelve la piel de gallina.
Amo lo que estoy creando,
deliro entre lienzos, pigmentos y pinceles.
Imagino en las páginas en blanco y las tintas van dejando su rastro indeleble en mis libretas.
La soltura y fluidez sorprenden y visitan mis insomnios cada noche.
Vuelvo a la ceiba, hundo mi cabeza en mis rodillas abrazo mis piernas.
Sí, hoy hay colores y la soledad no es un abismo, ni mi vida costumbre.
Sí, hoy hay mariposas que visitan mi jardín y aún hay lágrimas ruedan mis mejillas.
Sí, hoy aún espero esta magia compartida.

Noche


Noche, llegas otra vez con tus incertidumbres,
con tus preguntas,
tus nostalgias,
con lágrimas atrancadas en la garganta,
con algo que crece en el pecho y no se va.
Noche, acalla la voz que no cesa de gritarte ese vacío
que hoy, en medio de la lluvia, ni el lienzo ni el color llenan.

martes, 27 de octubre de 2015

Rosy


Todas las personas ocultan al menos un secreto. Rocío López, acostada en su cama, con la boca hacia arriba y mirando al techo de madera de su habitación, piensa que si su madre supiera lo que imagina o ha hecho, seguro la desheredaría.
A pesar de que los cuadros que adornan las paredes blancas los escogió Ana, la mamá de Rosy, como le dicen a Rocío en su reducido círculo de personas cercanas, Rocío se siente a gusto y muy confortable en la habitación de su casa. Allí pasa horas dedicada a filosofar sobre su vida, escuchando rock en inglés y leyendo novelas, poesías y cuentos de Augusto Monteroso, José Saramago, Wislawa Zsymborska y otros autores que la esperan con paciencia en los anaqueles de su biblioteca.
Mientras Rocío está recostada en su cama, Ana se encuentra en su finca, preocupada, porque sus <<niños adorados>> Rosy y Fernando (como ella les llama a dos de sus hijos adultos) están solos en la casa  <<comiendo mal y pasando necesidades sin quién les cocine y les arregle la ropa>>. Ana se mortifica con estos pensamientos cuando está en la cocina, preparando los fríjoles con chicharrón de cerdo, que tanto le gustan a Elías, su esposo, que ni le dará las gracias cuando termine de almorzar.
Dentro de los planes de Rocío, aprovechando que sus padres están en la finca y que Fernando puede ser su cómplice, se le ocurre celebrar esa noche, la firma de la compraventa de su apartamento, sueño realizado después de diez años de estar ahorrado para la cuota inicial. Para el evento decide preparar pastas a la carbonara, acompañarlas con ensalada verde y una copa de vino tinto para cada uno de los comensales, un grupo muy selecto y querido por Rosy: Carlos, su novio; Karina, la mejor amiga de Rocío a quien conoce hace quince años; Jairo, el único tío y familiar que Rosy admira por inteligente y porque tiene su vida financiera arreglada; y por supuesto Fernando, el hermano incondicional de Rocío.
Una hora antes de que lleguen los invitados, el olor del tocino de las pastas y el pan con mantequilla de ajo, que se encuentra en calor bajo en el horno, hacen agua la boca de Rocío quien no se resiste a probar un bocado de la preparación y morder uno de los panecillos mientras alinea, en perfecta simetría, los cubiertos y copas sobre el mantel blanco con el que viste la mesa de cedro del comedor, estilo Luis XVI, que Ana adora y Rocío odia.
Al Sur de la ciudad Carlos acaba de tomar un baño con agua tibia, se aplica la colonia Carolina Herrera, que tanto disfruta Rosy, y se viste con pantaloncillos blancos, los que vuelven loca a su novia, en la cama. Esa noche Carlos y Rosy pasarán la noche juntos, aprovechando que los padres de Rocío no están en casa de ella.
Karina y Jairo son los primeros invitados en llegar. Rocío mira el reloj de péndulo, cada cinco minutos, y se da cuenta  de que Carlos lleva una hora de retraso. Ella hubiera preferido que él llegara antes que todos, así le hubiera dado tiempo de iniciar un juego erótico con él, para terminarlo después de la cena.
Sentados uno al frente del otro, en la sala de la casa de Rocío, Karina y Jairo conversan. Jairo sirve la primera copa de vino tinto a Karina y cuando se la entrega, le dice que el color rojo de su vestido le sienta muy bien porque resalta el blanco de su piel. Es increíble el parecido que Karina y Rosy tienen, piensa Jairo, mientras se moja los labios con vino y recorre con sus ojos el rostro perfectamente maquillado de Karina. <<Afortunadamente Karina no es mi sobrina y está separada>>, se dice Jairo así mismo, antes de preguntarle a Karina cómo marchan las cosas luego del divorcio.
Carlos y Fernando llegan al tiempo a la celebración. Inmediatamente Carlos se ocupa de romper la monotonía de la decoración de la casa, que tanto detesta Rosy, poniendo en el reproductor de música una mezcla de Rolling Stones, The Beatles, The Killers, Coldplay y Linkin Park, que Carlos y Rocío escuchan cuando pasan las tardes juntos y no quieren hacer nada especial.
Fernando hace el brindis y resalta el logro de su hermana tras haber firmado la compraventa. La felicita y le dice que tiene muy bien merecido, luego de fines de semana completos (por más de diez años) trabajando al fin tener su propia vivienda, a la que se irá a vivir en cinco meses. Lo único que preocupa a Fernando es cómo tomará la noticia su madre, que siempre ha tenido a Rosy en una burbuja de cristal.
Luego de la cena Rosy pide a Jairo y a Karina que se queden a dormir. Le da miedo que Karina tome un taxi a las dos de la madrugada y no deja que Jairo conduzca, tiene una botella de vino en su cabeza. Rocío y Carlos se encierran en la habitación de Rosy y hacen el amor hasta que los interrumpe un mensaje de WhatsApp que Karina envía al celular de Rocío: “sube de inmediato, Jairo me ha violado”.
A zancadas, Rocío llega al segundo piso de su casa y despierta a Fernando. Ambos van a la habitación en la que se encuentra Jairo. Rocío toma el cortapapeles que está en el escritorio y, con un golpe seco y certero, se lo entierra a Jairo en la yugular. Fernando siente que un grito se atasca en su garganta y baja corriendo donde Carlos, que se ha quedado desnudo e inmóvil en la cama.
Karina está en el baño, se ha hecho peladuras en sus pezones y vagina porque todavía siente el semen de Jairo. Ella no llora, únicamente vomita al recordar cómo Jairo la obligó a chuparle su sexo antes de penetrarla.

Fernando y Carlos toman el cuerpo de Jairo y lo suben a la camioneta de Carlos. Entre tanto, Karina y Rosy limpian el rastro de sangre y queman las sábanas manchadas.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La carta


Estoy sentada en el último peldaño de la cabaña rústica, que queda en medio del bosque, de este pueblo que por años ha invitado a los amantes a enredarse en besos y abrazos al calor de las fogatas y la compañía del vino. Observo las figuras indígenas incrustadas en la parte más alta del techo. Están hechas de ladrillos y botellas verdes. Me detengo un rato en los azulejos de colores que en abstracciones decoran la cocina en la que tú preparas ese fetuccini a la carbonara. El solo olor del tocino soltando grasa en el sartén entra por mi nariz y llega hasta mi boca haciéndola agua.

Tomo el cuaderno que siempre llevo conmigo en la cartera y, con el lapicero, decido escribir la carta que en los últimos dos años de mi vida he construido cientos de veces en mi cabeza. Mientras la salsa de la pasta se va cocinando a fuego lento y tú la vas revolviendo, saboreas un merlot y me llevas una copa hasta donde estoy. Me sonríes con ternura y tus ojos tienen el color miel un poco más intenso que ayer, como si hubieras acabado de llorar. ¿Acaso no te has dado cuenta de que estoy meditabunda?, ¿no has percibido que anoche que hicimos el amor pensaba en ellos? Sí, eso pasó. Mientras mi cuerpo estaba contigo mi mente se iba para donde ellos. Es que mi lugar no está contigo, es al lado de ellos, de mi hijo y mi ex esposo.

Queridos Luis y Antonio, así empiezo la carta represada en mi mente, este fin de semana los he pensado mucho. Extraño las tardes de domingo, como la de hoy, en la que íbamos a un parque, en familia. Antonio: era tan divertido correr detrás de ti, comprarte algodón de azúcar y sentir tus manos pegajosas luego de que te lo comías. Tu papá se reía de nosotros dos porque corríamos despacio y amenazaba con cogernos y tumbarnos a punta de amor si no acelerábamos el paso. ¡Ayyy, cómo duelen estas tardes que ya no existen!

Interrumpes mi escritura llamándome a comer. Tú no te imaginas los pensamientos que me agobian ni las palabras que hay en mi cuaderno. Dispones una silla al lado de la tuya y me sirves un poco más de vino. Pruebo la pasta sin mucho entusiasmo, mis papilas gustativas se dilatan con el intenso sabor del tocino matizado con la crema de leche. El plato colma mis expectativas gastronómicas pero mi mente, imbuida en ellos, no me deja disfrutar.


Me detengo luego del tercer bocado, te miro y las lágrimas comienzan a correr involuntariamente por mis mejillas. Coges un pañuelo y lo acercas a mi rostro. Me abrazas, me tumbo en los músculos perfectamente demarcados de tu pecho, ¿cómo te diré los dolores que me embargan?

lunes, 31 de agosto de 2015

La prueba


El sonido repetitivo e interminable de la marcadora de chasises de motocicletas, que venía de la planta productiva, interrumpía la concentración que yo necesitaba para terminar el informe. Voces de trabajadores caminando de un lado para el otro, por el pasillo que daba al frente de la oficina, distraían el rumbo de mis dedos que necesitaban teclear con firmeza el computador portátil. Mis párpados, aún pesados por el insomnio de la noche anterior, pedían a gritos unas bolsas de té para sentirse livianos.

Sentada en la silla de mi oficina y con la cabeza agachada, concentrada en mis manos que deshacían el moño que amarraba mis tacones rojos, fui interrumpida por un olor masculino combinado con trazas de pino, acompañado de una voz grave. Un joven, vestido de pantalón y blazer negro, camisa blanca y corbata azul me preguntó dónde podría encontrar a la encargada de los procesos de selección de la empresa. Le dije que ella no estaba ese día en la oficina y que yo lo atendería.

Lo hice seguir a la sala contigua a mi oficina y se sentó en una de las sillas que había allí. Mientras tanto, fui por un lápiz y dos hojas de papel bond para que el joven presentara la prueba de selección. Sentí que se me hizo un hueco en el estómago y mis manos empezaron a sudar cuando entré en la sala y el joven me miró, de arriba abajo, el vestido negro que llevaba. Se detuvo en mis zapatos y me advirtió que los llevaba desamarrados, que tuviera cuidado de no caerme. Le entregué las hojas, le expliqué que debía marcar una de ellas con el número uno y la otra con el número dos; que posteriormente, en la que escribiera uno, hiciera una figura humana completa y a su respaldo escribiera una corta historia del personaje; que cuando terminara dibujara en la hoja marcada con el número dos, una figura humana completa del sexo opuesto a la primera que había hecho y, que por el lado contrario de la hoja, también escribiera la historia del personaje. Le dije al joven que tenía una hora para realizar la prueba y que volvería a buscarlo al término de ese tiempo.

Dejé al joven a solas y me fui para mi oficina a intentar terminar el informe que había empezado hace un par de horas y que tendría que terminar antes de ese mediodía. En frente al computador no pude concentrarme en mi labor. La imagen del joven que estaba presentando la prueba venía una y otra vez a mi mente y mi piel se ponía como la de una gallina cuando recordaba su olor con toques de pino.

Transcurrió la hora en la que debía recoger la prueba del joven y me fui hacia la sala en la que él se encontraba. Aún estaba imbuido en el segundo dibujo, una figura masculina completa, cuando entré al recinto sin que él se percatara. Me quedé observando la perfección con la que definía las líneas que iban formando el autorretrato del joven. No pude dejar escapar de mi boca una pequeña exclamación, al tiempo que me llevaba las manos a la boca, cuando vi mi retrato en la hoja marcada con el número uno.

El joven se detuvo cuando me vio en la sala y se quedó mirándome a los ojos. Yo, con la voz entrecortada y el ritmo cardiaco acelerado, le pregunté que si era artista. Era la primera vez que un ingeniero presentaba ese tipo de pruebas con la destreza de un pintor con experiencia. Mientras el joven se aproximaba a mí, con su prueba en la mano, me explicó que solo pintaba por placer.

Recibí la prueba y cuando me la entregó, el roce de su mano con la mía me hizo sentir un leve cosquilleo en mis manos y el pulso acelerado. Me quedé mirándolo a la boca mientras me mordía lo labios. Él cogió la mano en la que yo tenía la prueba y me llevó hasta la mesa en la que me hizo descargar las hojas. Acercó su boca a mi cuello y empezó a lamerme con la punta de su lengua, haciendo tenues recorridos de saliva que iban desde los costados de mi nuca hasta mis orejas. Mi piel iba aumentando la temperatura al tiempo que sentía húmedas mis bragas. Intenté detener el recorrido que los dedos del joven hacían por mi pecho pero, al sentir la dureza de su sexo en mi entrepierna me abandoné a mí misma y, con movimientos rítmicos, me dejé cabalgar.


El paso apresurado de la gerente interrumpió la respiración jadeante del joven y mía. Miré el reloj, era el mediodía y yo tenía que entregar el informe aún sin concluir.